jueves, septiembre 10, 2009

Amargura

Todo estaba igual. Nada había cambiado en diez años. Macarena salió de la estación de trenes y se encontró inmersa en la atmósfera de una ciudad tan familiar, con sus inolvidables ruidos y olores, que le provocó un pellizco en el estómago el no sentirla ya suya. ¿Por qué había esperado tanto para volver?

Se dirigió lentamente, pensativa, hacia el taxi con la luz roja que la esperaba frente al ingreso principal de la “Estación del Norte”.

Era una tarde gris de otoño. El viento hacía mover los cabellos y las gotas de lluvia que golpeaban el rostro de Macarena y que sentía como lágrimas amargas, las que no había derramado cuando recibió la breve llamada telefónica que la había conducido hasta aquella ciudad tan lejana, apartada en algún lugar de su mente, tan olvidada.

El número de teléfono y la dirección de la casa a la cual se había mudado César corrían en ríos de tinta azul en el trozo de servilleta de una cafetería del centro. Él se lo había escrito diez años antes, incrédulo, impotente, cuando acudió a la cita con Macarena para saber que ella se iba de la ciudad, que abandonaba todo aquello. Y que no la buscara, que rehiciera su vida. Que la olvidara. Y él insistió en que se llevara consigo el trozo de papel con su nueva dirección, que ya había encontrado una nueva casa, que sería realmente duro vivir sin ella. En esa cafetería se despidieron por última vez sin que ninguno de los dos supiera que sería para siempre.

El taxi llegó a su destino. Aún llovía. Macarena se quedó algunos segundos en el automóvil después de haber pagado la carrera, sus ojos fijos en aquel trozo de servilleta vieja y oscurecida por los años. El tiempo y la lluvia habían borrado algunos números pero… ¿qué importaba ya? Era tarde para hablar con el propietario de aquel número de teléfono. Demasiado tarde. Ya no estaba. César había desaparecido para siempre y ahora se encontraba quién sabe dónde. ¿Existiría un cielo para él? ¿O quizás su alma se había perdido en la nada para siempre?

Macarena bajó del taxi y se encaminó hacia la casa amarilla con ventanas de madera mal barnizada dispuesta al final de la calle, cerca de un cruce. La puerta estaba abierta y decenas de desconocidos llenaban la entrada, la sala, la cocina. Una masa de vestidos negros y rostros serios y algunas lágrimas daban la bienvenida a los que iban llegando. Pilar, la mejor amiga de César se apresuró hacia Macarena y con tono seco y amenazante le censuró:

- ¿Qué haces aquí? ¿No has hecho sufrir bastante a la gente; al pobre César? Desde que lo abandonaste para vivir tu loca aventura de recorrer el mundo, él no volvió a ser el mismo, cada día parecía más triste y enfermo. Intenté animarlo, lo sacaba a pasear, al cine, a cenar, incluso le presenté a una chica muy simpática y atractiva con la cual consiguió salir durante dos años, pero al final la dejó porque no la amaba, porque su mente estaba lejos, en otro país a miles de kilómetros; buscándote. ¿No crees que ya has hecho suficiente daño?-

Macarena no sabía qué decir y respondió con un profundo y amargo “lo siento”. Nunca quiso hacer daño a César pero habría sido una hipócrita seguir estando junto a él si para ella, la historia, hacía tiempo que había terminado.

Con un movimiento de cabeza Pilar indicó a Macarena dónde se encontraba el féretro y tan sólo dijo:

- Su cara está desfigurada por el impacto. Tienes sólo cinco minutos, después desaparece de aquí como lo hiciste hace diez años.-

Se quedó en la casa el tiempo necesario para dar el último adiós a César; sordo y ciego, frío e inerte… muerto. Se acercó a su rostro y permaneció así, inmóvil, con la mirada fija como en el taxi después de haber pagado la carrera. César también parecía viejo y amarillo. En su piel, los hematomas recorrían su rostro y borraban sus facciones del mismo modo que la lluvia cancelaba los trazos de tinta azul transportándola a lo largo de la servilleta de papel de aquella cafetería del centro que los vio decirse adiós por última vez. Pero, ¿ya qué importaba? Era tarde y ella tenía que marcharse.

Las luces de la ciudad se iban haciendo más débiles y lejanas. Observándolas desde la ventanilla del tren, a Macarena la embargó un sentimiento de profunda amargura.

lunes, agosto 31, 2009

El prado sin hierba

Esa mañana en Padua las cucharillas de los cafés sonaban como campanas minúsculas. El tintineo salía a través de los vanos de las puertas eternamente abiertas de un local histórico de la ciudad y se perdía en la soledad matutina de las calles del casco antiguo.

Paseando por un viale, un hombre pedaleaba ajeno a la escena que transcurría en el sillín trasero de su bicicleta. Pero sí que era consciente de que lo que había a sus espaldas era lo más maravilloso del mundo. Quizás por esta razón manejaba su bici con esa prudencia casi enfermiza que sólo un padre podría poner a la hora de proteger a su hijo.

En silencio, unos metros más allá, sonriendo, alguien contemplaba la escena, efímeramente, hasta que una plaza del centro histórico o una catedral de la época bizantina devolvieran al observador a la tranquila mañana de calles adoquinadas y murallas de piedras silenciosas.

Y es que es el silencio lo que caracteriza al norte de Italia. Vías vacías, siglos de historia encerrada en los muros de las ciudades, paredes de piedra sobria, de líquenes y musgo, de humedad, de nieblas, de empedrados en calma.

Atrás quedaron los repiqueteos de los cascos de las bestias y el crujido de la madera de los carros y carruajes. En el pasado se perdieron los gritos de las mujeres vendiendo fruta, verdura y pescado con sus buenos escotes y sus brazos recios. Esto ya sólo se ve en el sur, donde las leyes ambientales todavía no han llegado y se puede conducir por el centro sin necesidad de autorización, gritar sin que te miren por el rabillo del ojo, y llevar buenos escotes teniendo brazos recios y no minifaldas y botas altas en cuerpos esqueléticos. Hoy, en el norte italiano, los estereotipos desaparecen para dar paso a ciudades viejas, sin vida ni identidad.

El observador silencioso entró en una basílica dedicada a un santo anónimo. Se emocionó ante la inmensidad de sus techos y las pinturas del ábside. Era una mañana serena y el sol se dejaba ver de vez en cuando entre las nubes, filtrándose por las vidrieras. El observador se detuvo bajo una de ellas para admirarla. Se oían rumores de iglesia. Desde el coro llegaban profundas y graves notas gregorianas, y el observador pensó que no había nada más maravilloso en el mundo.

Unos pasos acelerados lo devolvieron a la realidad y a los pocos segundos sonrió. Escasos metros más allá, envuelta en un vórtice de música, luz y color, estaba girando una niña. Giraba y giraba riendo, jugando con las nuevas cosas que los niños de esa edad aprenden día a día.

- Mira papá, mira, estoy dentro del arcoíris.

La niña del sillín posterior de la bicicleta giraba envuelta en los rayos del sol que reflejaban en su piel los colores de la vidriera. Aún mantenía entre sus dedos esa brizna de hierba a la que miraba atentamente mientras canturreaba sentada detrás de su papá. En la bicicleta. En el sillín trasero. Sin ser consciente de la prudencia de su padre ni de la mirada del observador.

Sería maravilloso poder ser por tan solo un instante aquella brizna de hierba, ser prendido por esa tierna y delicada mano que puede serlo todo en la vida, que podría firmar documentos decisivos, apretar manos importantes, mecer vidas nuevas o incluso acabar con alguna, pero aún pura y limpia. Sería maravilloso girar entre sus dedos jóvenes, sentir la frescura de una mente que solo se divierte danzando y girando bajo la luz de las vidrieras y que aún no es consciente de la soledad de los mayores o de cómo lloran en silencio las calles de su ciudad.

El observador salió de la basílica sin nombre con lágrimas en los ojos y comenzó a caminar. Desde lo más alto de la calle se alcanzaba a ver una amplia extensión de terreno y se dirigió hacia ella. Era una hermosa isla elíptica circundada por un canal que albergaba dos anillos a cada lado con estatuas de retratos póstumos de personas importantes del lugar. En el centro de la isla algunas personas leían o descansaban tumbados bajo el escaso sol. Pero lo más maravilloso para el observador fue que de la nada surgió la vida en aquella ciudad. Era sábado y había mercado. Decenas de tenderetes exponían su mercancía, verduras de mil colores, frutas de olores dulces e intensos, vestidos, plantas, zapatos y flores; y gente. Personas mayores sobre todo pero también jóvenes y niños. Y ruidos y gritos de chiquillos y risas y conversaciones.

A pocos metros el ciclista, con su bici en una mano y su hija agarrada de la otra, se acercó a una mujer que mecía a un recién nacido en su regazo. La besó y sonrió y cogió al retoño en brazos. La pequeña había desaparecido de la vista del observador pero en ese momento algo hizo que éste volviera a la agitada mañana de mullida superficie y ajetreados tenderetes. Era la chiquilla, que tirándole de la pierna del pantalón le dijo:

- No llores que no es verdad que aquí no hay hierba.

Y con un gracioso movimiento de su mano le acercó la brizna que la había acompañado durante toda la mañana y se la ofreció al observador que, con lágrimas en los ojos, pensó que no había nada más maravilloso en el mundo.

domingo, noviembre 23, 2008

Aforismos

Acqua, farina, sale, tutta la pasta è uguale.

Agua, harina, sal, toda la pasta es igual.

viernes, octubre 17, 2008

Sectarios y sectas

Tengo un sueño que se repite desde hace varias noches. Entro en una especie de templo. Cuando mis ojos se acostumbran a la falta de luz me doy cuenta de que estoy completamente sola. Comienzo a caminar muy despacio y cada uno de mis pasos resuena gravemente entre las bóvedas del edificio. Es un lugar frío, tenebroso y oscuro, cubierto de imágenes de sufrimiento y dolor. La oscuridad se mezcla a trazos con la luz de unas velas colocadas en torno a algunas imágenes siniestras, o a los lados de algo parecido a un altar. Llego hasta el final del templo y el penetrante olor a resina quemada y la visión de aquellas imágenes dolorosas hacen que me dé vueltas la cabeza.

De repente oigo unos cánticos y el sonido de pasos que se aproximan. Una masa ingente de adeptos a la secta camina como borregos siguiendo al único cimarrón. Me escondo en un rincón detrás de una imagen sangrienta. Los fieles responden al líder mecánicamente, son frases repetitivas, casi inteligibles, con una cadencia monótona y continua que da pavor. Se levantan, se sientan, se arrodillan y postran ante su ídolo. Más cánticos y más ecolalias colectivas y, en medio de éstas, el representante de la secta osa tratarlos como borregos, los llama su rebaño y se autodenomina pastor de semejante manada.

A medida que avanza la ceremonia me voy estremeciendo aún más. A un cierto punto unos pocos adeptos se alejan hacia un baúl donde en su interior se encuentra el cuerpo inerte de un inocente. Lo llevan hasta el altar y lo hacen pedacitos pequeños que son repartidos entre los presentes, los cuales los engullen parsimoniosamente acompañándolos de sorbos de su sangre depositada en un cáliz de plata. Ante este acto caníbal comienzo a temer por mi propia integridad y me introduzco aún más en mi escondrijo.

De repente se hace un vacío en mi sueño y poco después me encuentro en una sala. Ahora soy invisible, o quizás paso inadvertida entre la gente porque nadie parece prestarme atención, es como si fuera uno más de ellos. Me encuentro sentada ante una gran mesa y rodeada de niños. Se me eriza la piel cuando advierto que un adulto pretende inculcar la doctrina también a los críos. Da miedo el modo en el que instruyen a los más jóvenes con cancioncitas, juegos y actividades lúdicas y de convivencia con el único objetivo de difundir la ideología de la secta. Captan adeptos de todas las edades, pero sobre todo se dirigen a los sujetos más débiles prometiéndoles la salvación a cambio de obediencia, respeto y dinero. Sobre todo dinero.

Vuelve a hacerse un vacío en mi sueño y vuelvo a encontrarme en el templo. Allí sólo veo hombres, vestidos con trajes caros y rodeados de una atmósfera de opulencia y poder. Sólo unos pocos privilegiados al mando del resto de fieles, con trajes y aires más modestos, que pretenden alcanzar a su vez un nivel de poder aún mayor. Y por último los súbditos, aquellos a los que se les lava el cerebro. En este grupo también entran a formar parte las mujeres, a las que obligan a llevar unos atuendos que las cubren por completo y que ocupan un lugar ínfimo en la pirámide. Al parecer sólo son útiles por su mano de obra, para la limpieza de las dependencias, la preparación de comidas, la costura de los trajes de los representantes y el cuidado de los enfermos. No pueden aspirar a más, es imposible en ese mundo de hombres. El resto del tiempo lo dedican a rezos mecánicos ante las imágenes dolorosas y oscuras del templo.

De pronto el cimarrón del rebaño, el pastor de borregos que estaba ocupado en colocarse adecuadamente su traje de ceremonias, se queda quieto súbitamente, gira su cabeza hacia donde yo me encontraba escondida y me dedica una mirada pétrea. Comienza a acercarse con pasos lentos y firmes y, sin dejar de sostenerme la mirada con sus ojos de piedra, levanta los brazos y se vuelvo todo blanco debido a una luz cegadora.

A continuación oigo a mi madre que grita colmada de júbilo:
-¡Cariño despierta, hoy es el día de tu Primera Comunión!

martes, octubre 14, 2008

Amarezza

Tutto come prima. Niente era cambiato in dieci anni. Macarena, uscendo dalla stazione, si ritrovò immersa nei rumori, negli odori, nell’atmosfera della “sua” città. Perché aveva aspettato tanto per tornare? Si incamminò lentamente, pensierosa, verso il taxi con la luce rossa che la aspettava vicino alle scale dell’ingresso della “Estación Central”. Il numero di cellulare e l’indirizzo della casa di César scorrevano in fiumi d’inchiostro blu nel pezzo di fazzoletto di carta in cui glielo aveva scritto dieci anni prima, quando si salutarono per sempre senza saperlo.

Il taxi arrivò a destinazione. Pioveva ancora e Macarena rimase alcuni secondi in macchina dopo aver pagato la corsa, gli occhi fissi in quel pezzo di fazzoletto vecchio e giallastro per il passare del tempo. Non si vedevano alcuni numeri ma cosa importava ormai. Era tardi per parlare con il proprietario di quel numero di cellulare. Era tardi... non c’era più... César era sparito per sempre e adesso si trovava chissà dove. Esisteva un cielo per lui? O magari la sua anima si era persa nel nulla per sempre?

Macarena scese dal taxi e si indirizzò verso la casa gialla con mattoni a vista all’angolo della strada. La porta era aperta e decine di conosciuti e sconosciuti riempivano l’ingresso, il soggiorno, la cucina. Una marea di vestiti neri e volti seri e alcune lacrime davano il benvenuto a quelli che arrivavano.

Pilar, la migliore amica di César si avvicinò a Macarena e con tono secco e distante le fece sapere che César, da quando era stato mollato da lei, non si era mai ripreso e ogni giorno sembrava più triste e malato. Lei aveva cercato di tirarlo su, addirittura gli aveva fatto conoscere una ragazza molto carina e simpatica con cui era riuscito ad uscire per due anni, ma che alla fine aveva lasciato perchè non l’amava, perchè i suoi pensieri erano lontani, in un altro paese a migliaia di chilometri.

Macarena non sapeva cosa dire e rispose solamente con un profondo e amaro “lo siento”, mi dispiace. Non era sua intenzione fare del male a César ma sarebbe stato ipocrita rimanere insieme a lui se per lei, la storia, ormai era finita.

Rimase in quella casa solo il tempo sufficiente per dare l’estremo saluto a César, ormai sordo e cieco, freddo e inerte... morto. Si avvicinò al suo feretro e rimase cosi, ferma, gli occhi fissi come nel taxi. Anche César sembrava vecchio e giallo come il fazzoletto di carta con il suo numero, ma cosa importava ormai. Era tardi e lei doveva partire.

Le luci della città si facevano più fioche e lontane e Macarena, osservandole dal treno in corsa, provò un senso di profonda amarezza.

jueves, agosto 28, 2008

¿Acaso no sufre una rosa?

Se llamaba Perséfone y tenía la belleza de un atardecer. Su apariencia era como la de una de esas diosas griegas que adornan con su sensualidad las entradas palaciegas de las villas antiguas. Los cabellos se mecían entre las ondas de su cuerpo, como rizos de trigo que navegan con el viento. Espigas de carbón azabache a merced de unos deliciosos movimientos, dueños de danzas sensuales y anónimos cortejos. Sus ojos eran insondables y reflejaban un mundo interior casi insoportable, ojos que hablaban de silencios, ojos que pedían a gritos ser entendidos.

La casaron muy joven, apenas había dejado de jugar con muñecas. Pensaba que todo sería como en sus juegos inocentes, donde el príncipe valiente se casa con la chiquilla humilde y la transforma en su reina.

Pero era demasiado joven y sus sueños demasiado puros. Su marido resultó ser un hombre tosco, amante de lo carnal, lascivo y vulgar que no compartía con ella más que el lecho y la mesa. Una mente atrofiada, estancada en una época pasada y sin ganas de progresar. Sólo entendía de cuentas, negocios, prostitutas y dinero.

Le acompañaba una prole de clones, todos varones, que seguían los pasos de su progenitor. Alevines autoritarios, exigentes y egoístas que usaban a la que les dio la vida como sierva obediente de cada uno de sus caprichos.

Perséfone se sentía desdichada, aunque no le faltaba nada. Tenía unos hijos, un hogar y un marido que traía dinero abundante a casa todas las semanas. “¿Qué más querrá esta descarada?”

Desear. Ella deseaba cosas que nunca había tenido y que nunca jamás tendría. Recluida en aquellos muros inexpugnables de su cárcel hogareña pasaba los días, los meses, los años y se iba marchitando mientras soñaba. Veía rotar el tiempo en su reloj biológico e, impotente, en aquella prisión secular donde lo epicúreo bullía en silencio y se veía eclipsado por la obligación marital, el tiempo pasaba, y el deseo se acrecentaba aun más.

Imaginaba paseos por el bosque aferrada a una mano comprensiva, conversando con una mente abierta y libre de valores represivos.

Imaginaba cenas a la luz de la luna, esa misma que le iluminaba el rostro las noches que pasaba en vela haciendo cuentas de con cuál de sus amantes estaría su marido aquella noche.

Estaba sumida en esos pensamientos cuando cerca de allí, en el tenderete de las flores, una voz dulce y grave la despertó de su letargo reflexivo.

-¿Cuánto es?
-6,50. Gracias.

- ¿Sabe que no hay dinero que compre belleza tan exquisita? Permítame el placer de regalar una rosa a la flor más bella de este jardín.

Perséfone giró la cabeza. El hombre maduro, canoso y un poco encorvado por la edad que le acababa de ofrecer una flor, mantenía ahora un monólogo filosófico con Puri, la verdulera. La misma cuyos alaridos, dos minutos antes, llenaban el mercado desgañitando ofertas increíbles acerca de la frescura de sus lechugas un tanto lacias.

“Muchas gracias señor Hermes. Le espero mañana con las granadas que le he prometido, las mejores de mi huerta, solo para usted, siempre que me las describa como me ha descrito hoy las remolachas.”

Aquel día Perséfone no quería fruta, ¿o si? Se encontraba frente a aquel corrillo de curiosas que acosaba a la verdulera con millones de preguntas. ¿Quién es ese? ¿Es nuevo en el pueblo? ¿Cómo sabes su nombre?

Desistió, ese día no habría fruta de postre. No le apetecía entrar a formar parte de aquel patio de vecinas cotillas que se interesaban por un hombre ajeno a sus familias, ¿o sí...?

Abandonó el mercado. Llegó a casa, colocó la cacerola en el fuego, cortó las verduras y puso la mesa.
Al rato llamó a su familia a comer.
Más tarde, mientras lavaba los platos pensó: “Mañana tendremos granadas de postre.”

miércoles, agosto 01, 2007

Che cosa è l’amore? Che cosa è il destino? È tutto il destino?

È proprio così, siamo due sconosciuti incontrati per caso in una stazione. Ci possiamo amare subito? Senza domande? Senza parole? E che cosa è l’amore? Se non per tutta la vita, serve anche per un attimo veloce? Per un battito di ciglia? I soliti “Ti Voglio Bene” sono anche parole vuote? E siamo come gocce d’acqua, come lacrime di cuore; dolce, salate, fredde, incolore. Ed è tutto il destino?

Che cosa è il destino? Che cosa è l’amore?

Passo la sera aspettando una voce, aspetto e aspetto e arriva la notte. Nella lontananza la mancanza si fa distanza. Ma che distanza? La distanza che fa dimenticare, la distanza che raffredda, la distanza che punge, che ferisce, che affetta, e sono sempre lontana...

E spunta quell’amico, quello che non molla, quello che ascolta, che capisce, che conforta. Quello che ha sempre presente le date, le cose importanti, sia d’inverno che d’estate. E suona il telefono, ma è sempre l’amico, emozioni frustrate e a lui glielo dico. Mi chiama ogni sera, “Buonanotte, sogni d’oro. Non essere triste, io ti voglio bene tesoro”. Ma io non lo sogno, perchè non lo amo. Le sue parole si fanno lunghe e subito ci salutiamo. E aspetto e aspetto e si fanno le tre, e a ogni secondo ho più bisogno di te. Volto il mio cuscino, giro le lenzuola e continuo ad aspettare una sola tua parola.

Arriva il giorno e un’altra volta c’è una voce che mi sveglia dal sonno. È ancora l’amico che si fa eterno e non riesce a svegliare le mie farfalle dentro. Quello lo fai tu, con il tuo silenzio. Ma lui c’è sempre vicino, presente, e tu invece… niente.

Come si fa ad avere un rapporto con il telefono se questo non squilla mai? Come faccio a fidarmi d’una voce lontana, dispersa? Mi farai soffrire? Stavolta sarà diversa?

E ancora aspetto, e sogno, e aspetto..

E che cosa è l’amore? Che cosa è il destino? È tutto il destino?


jueves, julio 19, 2007

Soffi d'aria

Soffia il vento e tutto muove
foglie, capelli, lettere d'amore.
Soffia il vento e niente resta
né baci, né parole, né i pensieri in testa.

viernes, mayo 04, 2007

Libertà vs. tolleranza

Tempo fa stavo cercando il significato di alcune parole sul dizionario ed ho scoperto che sono razzista. A dire il vero tutti siamo un po’ razzisti. Secondo il dizionario della RAE, razzista è una persona che ingrandisce il senso razziale d’un gruppo etnico, specie quando questo gruppo condivide spazio con altri gruppi. Perciò, il razzismo non è sbagliato, ma tutt’altro. Il razzismo permette di fare uno studio ed una descrizione antropologica delle razze e dei paesi. Il razzismo permette di fare verifiche dei progressi di certi gruppi e l’inattività di altri. Chè c’è di sbagliato nell’ingrandire e plaudire i progressi ? Il colore è soltanto una scusa facile per menti sciocche. E di sciocchi ne è pieno il mondo.

Ed è per questa ragione che mi chiamo razzista, perchè io discrimino quel gruppo etnico che fa distinzioni per il colore della pelle. Il razzismo possiede soltanto un senso negativo quando la cattiveria umana è presente e vuole imporre per forza quel pensiero razziale.

Ogni nazione tifa per la loro squadra di calcio e non vengono chiamate razziste.

- É normale tifare per la propria squadra-.

Se tuo figlio disputa una gara insieme ad altri bambini della sua età, gli altri genitori non si arrabbiano con te solo perchè tifi per tuo figlio.

- È normale, è mio figlio-.

Ma se ingrandisci il senso razziale del tuo gruppo etnico piovono gli insulti del nuvolone sociale che è il gruppo dei non-razzisti con la loro massima “libertà e tolleranza”.

Queste due parole sono completamente contrarie. Non esiste libertà con tolleranza. Il ragazzo della Sierra Leone che scappa dalla morte e percorre un deserto, scavalca frontiere di sei metri rischiando la vita senza fregarsene delle ossa rotte e della carne sanguinante. Arriva in Spagna e trova un male minore, il razzismo. Secondo me il razzismo fa più male ai “non-razzisti” che al ragazzo della Sierra Leone.

Per questo, da qualche tempo, i “non-razzisti” pronunciano queste due parole in tutti i telegiornali, dibattiti, leggi, ecc. “Libertà e tolleranza”, unite per una congiunzione. Un’unione che io vorrei far sparire, così le due parole ognuna lontana dall’altra, riottengano il loro vero significato.

Ancora con il dizionario tra le mani ho scoperto che tolleranza significa:

1. Soffrire, subire con pazienza.

2. Permettere una cosa illegale senza esprimerlo pubblicamente.

Nello stesso modo in cui un padre tolleri che suo figlio di cinque anni lo sgridi, o che un ragazzo tolleri che i suoi amici ridano di lui per essere più fighi, o nello stesso modo in cui una donna tollera mille soprusi da suo marito, il razzista che non vuole essere chiamato razzista chiama a se stesso “tollerante”.

Tolleranza è la parola più razzista che conosco, perché tollerare significa sopportare gli altri. I “non-razzisti” si chiamano tolleranti, cioè, che sopportano. Sopportare è una parola negativa ed ha un certo odio o disturbo verso gli altri. Per questa ragione la parola tollerante è negativa a sua volta.

Dire “io sono tollerante” è uguale a dire “io tollero i neri, i cinesi, gli indiani…” e così si fanno distinzioni. Quando si parla di bianchi non si dice tollerante, anche se tante volte dobbiamo sopportare i vicini fastidiosi, figli maleducati, mamme pesanti… ma non li mettiamo nel sacco della tolleranza perché sono “cosa nostra”. Ho amici cinesi. Non so per quale stupida ragione gli spagnoli chiamano le femmine d’origine cinese “chinitas”. Questa parola le fa arrabbiare, e capisco perchè. Sicuramente un nero del Senegal si arrabbia se viene chiamato “negrito”, così anche il figlio del nostro vicino Manolo, quello che viaggia così tanto, si arrabbierebbe se a Marrakech un arabo dicesse al suo bambino che è uno spagnolito molto buffo.

Abbiamo due opzioni; imitare i polpi e i camaleonti e dipingere noi stessi dello stesso colore del gruppo razziale dominante, o andare avanti realmente e dimostrare che siamo veramente razzisti perchè discriminiamo quelli che non hanno capito ancora che la pelle è solo una buccia e che la cosa più importante è dentro alle persone.

Per tutto questo ripeto ancora che sarò razzista finchè non ci sarà diversità invece di uguaglianza, finchè non ci sarà integrazione invece di tolleranza. Perché integrare significa completare un tutto con delle parti che mancano, ed è proprio quello, siamo un puzzle, ma alcuni bambini cattivi hanno scambiato i pezzi.

Nonostante tutto mi piace pensare che alla fine arriverà la loro mamma, quella mamma pesante che tutti tolleriamo, e gli dirà che il puzzle gli appartiene e gli chiederà di curare i pezzi perché ogni pezzo fa parte d’un tutto e senza di esso il tutto rimane incompleto.

miércoles, mayo 02, 2007

Falco a metà

Come compito per la scuola di lingue dovevo parlare dell’Italia, la sua musica, della sua arte, l’atmosfera, la gente, la cultura. Ma ogni volta che voglio parlare di qualcosa mi vengono in mente canzoni italiane. Ed è per questo che voglio fare un paragone tra una canzone italiana ed una storia reale che potrebbe capitare in qualche città, in qualche paese. Perchè le canzoni italiane hanno questa magia speciale, come questa che segue:


Falco A Metà
Sono seduto su un grattacielo
vedo gli aerei passare
poi guardo giù voglio saltare
voglio imparare a volare

E allora volo via
siamo in viaggio io e la mente mia
guardami ho già spiccato il volo
ed ora sono proprio sopra casa tua
il falco va senza catene
fugge gli sguardi sa che conviene
e indifferente sorvola già
tutte le accuse, boschi e città
Io che sono falco
falco a metà

Son di nuovo sul grattacielo
ed ho imparato a volare
se guardo giù quello che vedo
ora è la gente passare
e chissà se questo è
il segreto per vivere con me
seduto su un grattacielo devo stare
in alto come un falco
per non farmi catturare

Ma il falco va senza catene
fugge agli sguardi sa che conviene
e indifferente sorvola già
tutte le accuse, boschi e città

And so my friends
libera le ali ogni anima le ha
rubale alla libertà
il falco va senza catene
fugge agli sguardi sa che conviene
e indifferente sorvola già

tutte le accuse, boschi e città
io che son falco
falco a metà


Stavo pensando a cosa scrivere per il compito mentre ascoltavo della musica italiana. Non riuscivo a pensare ad altro che ad una storia bellissima e molto triste. Ha a che fare con l’Italia, ma anche con il resto del mondo. E alla fine cosa sarebbe il mondo se non esistesse la musica? Questo compito comincia così:

A volte, nella vita ci sono sfide.

A volte, l’età di chi lotta non è quella giusta.

A volte, è il momento quello sbagliato.

A volte, il problema è troppo complicato.

E altre volte, è la società che non vuole capire il vero senso delle cose.

Giustamente come succede in questa canzone, e come succede tante volte nella vita normale. Ci sono leggi fatte da chi non conosce il mondo. Ci sono leggi che vengono imposte per gente che non cresce, gente che si ferma ad un tempo e non vuole aprirsi ai cambiamenti.

"Falco A Metà" esprime il desiderio di essere se stessi in una società che tarpa frequentemente le ali. Ma se questo mondo limita la nostra personalità, è meglio trovare un'altra meta, o magari un’altra metà.

L’amore è il sentimento più bello nel mondo. Si può sentire amore per un padre, e si chiama amore paterno, i genitori sentono amore per i figli, e si chiama amore filiale. C’è anche un amore verso gli animali, le piante, il pianeta, i vicini, gli amici....

Ma fra di tutti c’è un amore speciale, un amore che ti fa sentire delle cose che non ti fanno sentire gli altri amori. Parlo d’un amore che mescola amicizia, timidezza, segreti, pensieri unici mai avuti per un’altra persona, e soprattutto, la cosa che differenza questo amore di tutti gli altri è un forte sentimento di possessione.

È giusto ciò che è succeso a due ragazzini, Søren e Giovanna.

Søren è danese e figlio di un pastore testimone di Geova. Lui abitava con la sua famiglia in qualche parte in un paese italiano, ma nessuno dei suoi amici sapeva esattamente dove. I suoi genitori non gli permettevono di assitere alle feste, né alle gite in montagna che organizzava la scuola. Søren non poteva assistere ai balli né poteva andare dai suoi amici perchè la sua famiglia gli aveva sempre detto che era peccato.

Søren, nella sua gioventù, non capiva perchè i suoi amici potessero divertirsi e andare alle feste e lui invece dovesse restare a casa. Però non era un problema troppo grande per lui. Almeno prima di tutta questa storia.

Un giorno Søren entrò in classe e salutò Giovanna, e qualcosa dentro di lui fece che le sue mani tremassero. Perché?? Giovanna quel giorno sembrava diversa, era... bella!!??

Sì, quel ragazzo di 16 anni aveva trovato bella una ragazzina di solo 12 anni.

- Ma com’è possibile?? Se lei è più piccola di me... Ma è così tenera.... Ma no!! E poi, è anche cattolica!!!

Søren quella notte non dormì. Nella sua testa giravano soltanto due cose: Giovanna, e la faccia arrabbiata di suo padre. Ma il pensiero di Giovanna era più forte.

Allora Søren, decise di dare retta ai suoi bisogni di parlare con lei. La mattina dopo, approfittando d’un momento di tranquillità nei corridoi della scuola chiamò Giovanna e le chiese di uscire insieme. Fu un successo!! Lei disse di sì e diventarono una coppia. Ma, una coppia strana, perchè non andavano mai nei soliti posti dove vanno i ragazzi. Lui la portava al mare, al porto, al fiume, facevano lunghe passeggiate in bicicletta... Giovanna moriva dalla felicità. Søren non era uno come tanti, ma era “Lui”!! Quello che aspettava sin da piccola. Eh sì, anche se aveva 12 anni Giovanna aveva sognato il suo principe azzurro tutta la vita... dagli otto anni fino gli undici aveva avuto un “ragazzo”, ma questo bambino non era il tipo di ragazzo ideale, nel senso che anche se lui la voleva bene era troppo piccolo per capire i pensieri di Giovanna.

Søren, invece, sapeva molte cose della vita e aveva tanti begli obbietivi per il futuro, nel quale Giovanna era il centro di tutto. Ma, un giorno, Søren suonò il campanello di casa di Giovanna e le chiesse di scendere per parlare.

Se ne andava. I suoi genitori tornavano in Danimarca e lui doveva accompagnarli. Neanche un bacio sulla guancia... soltanto un addio ed un’ombra di tristezza sul viso.

Il falco fu ancora catturato. Tarparono le sue ali quando sembrava che tutto stesse cambiando, che lui stesse cambiando, che la sua famiglia stesse cambiando. Invece no. Se ne andò.

“e indifferente sorvola già tutte le accuse, boschi e città

Io che sono falco, falco a metà”

Aveva davvero sorvolato le accuse, soprattutto quelle di suo padre, ma ancora era un falco a metà.

“libera le ali, ogni anima le ha, rubale alla libertà”

Dopo due anni Søren tornò, la cercò e la trovò, ma lei aveva decisso di non soffrire più e le disse addio per sempre. Dodici anni dopo ho sentito dire che Giovanna a volte pensa ancora a lui e le manca. Quante volte ha preso carta e penna e poi ha buttato la pallina di carta nel cestino. Cosa c’è scritto in tutte quelle palline di carta...?

“Scusa ma io ero troppo piccola e tu troppo impegnato.”

“e chissà se questo è

il segreto per vivere con me

seduto su un grattacielo devo stare

in alto come un falco per non farmi catturare”

Ormai il falco trascende le leggi del mondo reale. Non esiste uomo in grado di minacciarlo. È impossibile che qualcuno ci riesca. Ma chissà se è già troppo tardi.

martes, mayo 01, 2007

Pioggia

Piove. Mille lacrime scintillano sul vetro della finestra della mia camera. Tra le tende quasi trasparenti, intravedo una scena che si ripete ogni minuto, ogni secondo. Una donna vestita di nero è seduta sotto una grande quercia. I capelli grigi celano gli occhi, il suo sguardo è vuoto.

Guardo un'altra volta dalla finestra. Piove ancora. Non ci sono uccelli. Nessun canto libero. E tutto sembra finito, devastato. Vicino all’albero c’è una croce di legno in cui la scritta di un nome maschile lotta contro il passare del tempo. La pioggia e il freddo lo hanno segnato, come il viso della donna che non smette di piangerlo.

Continua a piovere. L'acqua suona un triste motivo, monotono e continuo, quando colpisce le foglie morte, che giacciono sotto la quercia, inermi sull'erba bagnata. Accompagnano il dolce lamento che accarezza instacabilmente le labbra dell'anziana donna che è sempre seduta sotto il grande albero, con il suo vestito nero, con lo sguardo vuoto. E passano le ore, i giorni, gli anni. E ancora piove.

Un nuovo giorno è arrivato come ogni altro. Dalla finestra della mia stanza riesco a vedere la grande quercia e un filo di sole filtra timidamente tra i rami del vecchio albero e illumina la croce di legno. È un mattino particolare e un uccellino comincia a cinguettare allegremente. La donna non c’è più. Ha smesso di piovere e nel cielo ci sono due persone che si abbracciano e volano.

Volere

Vorrei scrivere qualcosa in italiano

Proprio stasera che ho voglia di te.

Vorrei dirti tante volte che ti amo

Anche se solo una fosse vera vorrei.

Vorrei sentirti dire ogni tanto che ti manco

E che non riesci a vivere senza di me.

Vorrei avere più vicina la tua mano

Quella che cerco e purtroppo non c’è..

lunes, abril 16, 2007

sábado, febrero 03, 2007

Palabras

Palabras lindas, palabras locas
palabritas, palabrotas.
Palabras de niña, palabras de vieja
palabrillas, palabrejas.

martes, noviembre 07, 2006

Escaparate

Es divertido ver lo que hay detrás del cristal de un escaparate. Nunca sabes qué vas a encontrar. Miles de formas, colores, objetos. Vestimentas que combinan con las hojas de los árboles. Diferentes razas, distintas nacionalidades, todas husmeando por cada esquina de cada comercio.

Hoy he visto cómo alguien se acercaba olisqueando por los escaparates. Venía acompañado de un extraño animal; no tenía bigotes, era grandote y no muy peludo, tenía calvas y se le veía la mayor parte de la piel, y además le salía humo por la boca. Estaría enfermo. De repente se acercó al cristal y comenzó a mover sus patas y a golpearlo. Gemía y chillaba tratando de llamar la atención. Daba miedo. El animalito entró en la tienda, se acercó a mí y me agarró con sus zarpas llenas de anillos… Luego me llamaron y desperté.

- ¡¡Toby, vamos a la calle!!

lunes, noviembre 06, 2006

Niña nueva (中国欢迎您)

- ¡Mamá hay una niña nueva en mi clase! Tiene los ojos extraños y su pelo es muy raro.

Será extranjera.

- Mamá, mamá, la niña nueva no sabe escribir y en vez de letras hace garabatos.

Como somos pocos…

- Mamá, los niños del colegio la miran mal, se tocan los ojos y se ríen de ella.

Si se hubiese quedado en su país seguro que eso no le ocurría…

- Mamá, la seño dice que viene de muy lejos porque en su país no hay mucho trabajo.

El mismo cuento de siempre, sólo vienen a robarnos los empleos…

- Mamá, mamá…

- ¡Venga Qing Hua, a la cama, que mañana tienes que estudiar!

domingo, noviembre 05, 2006

Pangrama

Washington estaba sentado en su sillón, bebiendo whisky con fervor, y qué extraño acertijo leían a media luz sus empañados ojos.

A su lado los niños formaban jaleo con un balón que habían comprado en el kiosco de Wenceslao, y al momento les exigió que volvieran al zaguán.

- Esta exudación no se debe a mi whisky… ¡Niños, Aurelio, Eulogia, Gualterio! ¡Qué teutónica educación! Mosdisquear así esa preciosura de orquídea y dejarla cual reumático y quebradizo patituerto. ¡Qué bufonería escorbútica! ¡Qué sublevación!

- Abuelito, beber whisky por la mañana afloja vergonzosamente al que se excede…

Y con esta conseguida argumentación, Washington dio por zanjada la conversación, pues el niño consiguió que su abuelito, con gran exultación, descubriera que no era el whisky el culpable de su extrañeza ante aquel rompecabezas, sino su centrifugación.

viernes, noviembre 03, 2006

Nieblas de invierno

Llegan los fríos y la ciudad vuelve a cubrirse de niebla. Aromas intensos de invierno. La gente pasea por la ciudad. Qué valor con el frío que hace.

Llueve sobre los tejados. Menos mal que aquí sentada al lado del fuego se está muy bien. Más y más personas. ¿Por qué la gente no se queda en casa?

Desde los cristales de mis gafas las luces de invierno siempre se ven turbias, nubladas; mientras que de las bocas de las personas sale ese inconfundible vaho, cálido y dulzón. En invierno todo es vapor.

Ahora las gotas de lluvia saltan en los charcos con más intensidad. Mis huesos reumáticos no aguantarían ese frío. Qué loco hay que estar para salir de casa…

- Un cartucho de castañas, por favor.

- Sí, como no…

jueves, noviembre 02, 2006

Cita a ciegas

- A las siete en el viejo roble del parque. Llevaré una flor en la solapa.

Su voz sonaba tan dulce al teléfono que lo imaginó casi como a un galán del cine italiano, vestido con traje negro, pelo azabache bien engominado, zapatos brillantes, aire sereno y discreto, y con una pequeña rosa en el ojal.

Dieron las siete y no aparecía. Sólo unos niños se divertían viendo un espectáculo callejero. Las siete y media. Nada.

“Se está retrasando...”

Los animadores callejeros ya recogían sus bártulos. A uno de ellos algo lo entretenía. Los compañeros que lo apremiaban. Él que se negaba. Miraba y miraba su reloj de payaso, pero era de plástico.

“Las ocho, me largo”

Al día siguiente la chica volvió al mismo parque y vio una nota en el viejo roble, junto a una flor de payaso: “Te estuve esperando”.

lunes, octubre 02, 2006

¿Te he dicho que te quiero?

Te quiero. A veces lo decimos de forma automática, otras en cambio ni lo hacemos. En ocasiones lo expresamos sin sentirlo y en otras muchas no nos atrevemos ni siquiera a pensarlo. El cariño se puede expresar de muchas maneras, no necesariamente con dos palabras, ni tampoco con grandes hechos. El cariño más preciado es el que ofrecemos cada día, en dosis pequeñas. Como cuando advertimos que nuestra madre se ha cortado el pelo, o cuando ofrecemos ayuda a nuestros hermanos, cuando dedicamos una sonrisa a nuestro padre, o cuando dejamos una rosa en el cabecero de la cama.

En cambio, a veces, resulta muy complicado expresarlo. Como cuando estás en el sofá de tu casa viendo una película americana y en la pantalla aparecen un padre y un hijo abrazándose y diciéndose lo mucho que se quieren después de que éste ha perdonado al chaval por no contarle que había sacado un suficiente raspado en matemáticas.

Tú te encuentras a un metro del tuyo y te revuelves en el asiento, deseando que termine la tierna escenita y con el remordimiento de que el suficiente raspado es tu nota máxima en matemáticas y que si sólo fuera esa la preocupación que le das a tu padre también le abrazarías. La escena se prolonga, empiezas a carraspear y de tanto retener el aliento comienzas a marearte.

Por fin termina la película y te vas a la calle con una sensación amarga y un sentimiento de cobardía que te impide dirigirle la palabra a tu padre y mucho menos pedirle la asignación semanal, porque el americano se la habrá ganado pero tú, con tus notas, tendrías que salir menos y estudiar más. Así que te largas sin decirle a tu padre cuánto lo sientes y lo mucho que lo quieres, con sólo dos euros para pagar tu merienda y la de la parienta y pensando en lo cobarde que eres para expresar tus sentimientos.

Vas caminando por la calle, porque el presupuesto no te llega ni para el autobús, y al girar en una esquina ves que el necio de Alfonso, ese que te cae mal desde primaria, se acaba de encontrar con su madre, la abraza, la besa y hasta le coge las bolsas de la compra. Entonces otro pensamiento-remordimiento ataca tu mente y te sientes fatal porque la última vez que besaste a tu madre fue hace ocho meses, en tu cumpleaños, y fue ella la que te besó a ti.

Llegas al portal del edificio donde vive tu novia y en el escalón encuentras a sus vecinos, dos hermanos de unos dieciocho o veinte años, que conversan amistosamente y se ríen juntos. Y vuelve la punzada a tu cerebro. Machacándote. Recordándote lo cobarde que eres para expresar lo que sientes, y sólo puedes pensar en una larga secuencia de escenas rescatadas de tu memoria en las que estás discutiendo con tu hermano, acusándolo ante tus padres, peleándote a puñetazos con él. Recuerdas sus cicatrices, sus lágrimas, sus enfados y tus desprecios, recuerdas la cantidad de castigos que ha sufrido por tu culpa. No logras encontrar una sola imagen en la que estéis como los vecinos de tu chica, sentados, conversando, compartiendo risas y secretos.

Llega tu novia, la que siempre te reprocha que no eres cariñoso con ella. Su rostro parece diferente, está algo nerviosa, seria. Te dice que tenéis que hablar. Dos horas después vuelves a tu casa con lágrimas en los ojos porque ella te ha dejado. No soportaba más tu falta de caricias, tu indiferencia, tu lejanía.

Las lágrimas no son de cobardía sino de rabia y los quince minutos que te separan de tu casa los dedicas a reflexionar, a proponerte que necesitas cambiar. Es fácil no hacer nada, mantenerse pasivo ante todo, pero así se pierden muchos momentos preciosos en la vida. Deseas llegar a tu casa y abrazar a toda tu familia pidiendo consuelo y amor. Deseas llegar y hacer como el americano, vencer la maldita cobardía y decirles cuánto les quieres, cuánto lo sientes.

Empieza a oscurecer. Sientes un escalofrío por todo el cuerpo y tu paso se hace más ligero. Quieres llegar cuanto antes al calor de tu hogar. Deseas más que nunca disfrutar de los tuyos. El frío se apodera de tu cuerpo con más energía, tus músculos comienzan a entumecerse, tus huesos parecen fina escarcha a punto de romperse. De repente se te eriza la piel. Reflejos rojos, naranjas, azules obnubilan tu mente. Tu cerebro no quiere traducir lo que perciben tus ojos. Una vecina se acerca a ti y con un abrazo te dice lo mucho que lo siente. Y te das cuenta que es demasiado tarde para sentirlo.

Tus padres… Tu hermano… Accidente... Muertos en el acto… Un camión… El conductor… Borracho…

Todo tu mundo ha cambiado en tan solo unas horas. El frío se hace insoportable y parece desgarrar tus entrañas como cuchillas heladas. Ya no hay hogar para fundir ese hielo. Ya no queda nada en tu corazón más que un triste vacío, oscuro y frío. Y vuelves a reflexionar.

Quién sabe si esa película americana fue una señal que te susurraba a gritos que debías reaccionar, que debías vencer tu cobardía. De ese modo quizás hubieses ido con tu familia a merendar, como cuando eras un niño.

Quién sabe si esa película era un mensaje que te aconsejaba comprar una rosa con esos dos euros y sorprender a tu chica con un paseo romántico lleno de abrazos, caricias y besos.

Quién sabe si ese conductor ebrio bebía porque en su hogar nadie reconocía su trabajo, sus hijos lo despreciaban y sólo hablaban con él para discutir o pedir la paga.

Quién sabe si con un poco de valentía para superar esos miedos a expresar lo que sentimos hubiera sucedido todo de otra manera. De ser así el camionero estaría entrando por la puerta de su casa donde su mujer lo recibiría con un beso en los labios y sus hijos lo saludarían con una sonrisa y le preguntarían cómo le había ido el día.

De ser así en este momento estarías merendando con tu familia y con tu chica en lugar de encontrarte una casa vacía.