domingo, noviembre 06, 2011


L’oceano. Sorso immenso, profondo.
Dolci correnti che vengono e vanno.
Liquido imprevisto, mite, iracondo.
Onde che ritornano ma non stanno.


E soffia sempre la brezza marina.
Va cospargendo il sale di lamento,
innaffiando la lacrima salina.
Non poter piangerla è il mio tormento.


Guance tristi rivolte al litorale.
Due fiumi salati lungo il viso.
Salsedine amara che mi fa male.


Eppure non trova mai il paradiso
in questo inferno assai continentale,
il pianto che non viene condiviso.

miércoles, junio 08, 2011

Silencio

Silencio; he dicho silencio.
El niño llora en su cuna.
La tenue luz de la luna
en su rostro yo presencio.

Silencio ha dicho silencio
su madre mientras lo acuna.
El reloj marca la una,
signos de sueño evidencio.

Silencio. El silencio miente.
Ruiseñor, tus ojos abres
y se cierran lentamente.


Silencio, silencio gente.
Con el canto de su madre
mi niño en su cuna duerme.

sábado, septiembre 18, 2010

Ulivess





Ulivo è il mio nome,
e Ulivo mi chiamano mia madre
e mio padre
e tutti gli altri alberi

miércoles, mayo 26, 2010

Poeta oculto

Naces de un impulso del interior de tu tímida persona para expresar lo que tu boca no se atrevería jamás a decir. Tú, poeta oculto que escribes frases que huelen a hiel. Rimas húmedas, cubiertas del salitre que derraman tus ojos cada noche.

Eras un niño hasta ayer, cuando te confesaste a ti mismo que estabas enamorado.

Tu corazón se sale de tu pecho cuando ella aparece cada mañana por la puerta de la escuela, con el cabello recogido con un elástico rojo, sus libros de texto en una mano y sobre la otra, la mano de Javier…

Poeta de noche y mártir de día. En tus versos hay dolor, hablan del poeta oculto, del poeta enamorado de lo prohibido. Rimas y estrofas saladas del sudor frío que recorre tus sienes y se derrama por tu rostro hasta confundirse con las lágrimas que emanan de tus ojos. Y allí, bajo las sábanas, en la intimidad de tu habitación, das rienda suelta a tu imaginación. Sollozos ocultos bajo los rayos de una luna que te delata, que te descubre desnudo y frágil en la secreta privacidad de las horas oscuras. El sutil algodón de las sábanas te acaricia y te quema en medio de la excitación que te producen tus pensamientos, y te rasga el alma la certeza de un amor imposible.

Y cada noche vuelves a escribir con la luz apagada. Temes que te descubran, tienes miedo de que el poeta oculto sea desenmascarado. Temes que alguien pueda ver tus lágrimas sobre el papel arrugado y desvelar así tu identidad oculta.

La noche es un rincón seguro donde la oscuridad del día se hace clara bajo la luz de la luna. Despiertas de tus pesadillas diurnas para entrar en un sueño efímero, dulce y a la vez amargo en el que todo puede ocurrir. La noche es tu cómplice, compañera de tus fantasías, donde solo los elásticos rojos te aprietan hasta dejarte sin aliento... y desfalleces.

Amanece otra vez y en la última página del periódico del colegio aparece, como cada viernes, un nuevo lamento de un poeta oculto:


Malos sueños tras elásticos rojos
Como la sangre que nutre mis venas.
Sangre amarga que me hierve y me quema
Cuando tus iris reflejan sus ojos.

Al acabar la noche, la hora oscura,
Despierto de todas mis pesadillas.
Siempre al alba, llorando y de rodillas,
pido a Dios despertar de mi locura.

Muere el día, la hora oscura aparece.
Mi corazón agoniza, se agota,
¡Una vez más en la noche enloquece!

Un nuevo poema comienzo a exponer
Y bajo la luna escribo tu nombre
Te amo, te amo, mi dulce Javier.

viernes, enero 15, 2010

L'Uomoliva nel Paradiso dantesco







ergine olio, oliva del tuo ulivo,


verde olivastra più che spremuta,

termine culinario d'etterno additivo,


tu se' colei che la verde natura

innalzasti sì, che'l tuo fattore

non disdegnò di farsi tua bacchiatura.


Nel nocciolo tuo si raccese il bocciolo,

per lo cui sterile nell'eterno acre

così è germinato un ulivo solo.

miércoles, diciembre 23, 2009

OLIVETO



Condire o non condire,

questo è il dilemma:

se sia più nobile per il palato

sopportare gli ortaggi,

i lessi e i cardi dell'iniqua dispensa

o prendere salse

verso un mare di intingoli

e conditi mangiarli.

miércoles, diciembre 16, 2009

ROMOLIO E GIOLIVETTA



“Che significa Uomoliva?

Nulla: non una foglia,

non una radice, non un rametto,

non la chioma, né un’altra parte qualunque

del tronco d’un albero.

Che cosa c’è in un nome?

Ciò che noi conosciamo con il nome di olio,

anche se lo conoscessimo con un’altro nome,

serberebbe pur sempre lo stesso intenso sapore.”

miércoles, diciembre 09, 2009

NADIE DIJO QUE FUERA FÁCIL

Ayer me mandaron un e-mail con este artículo de Arturo Pérez-Reverte. Hoy cumplo los 30, e indirectamente el texto es como un regalo que me ofrece uno de mis escritores actuales preferidos.


NADIE DIJO QUE FUERA FÁCIL

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.

El Semanal 21 de enero de 2007

viernes, diciembre 04, 2009

L'Uomoliva



L’Uomoliva fu concepito a Peschici


il sedici Agosto dell’anno duemila sette.


Nacque a dublino


durante i seguenti mesi di autunno.




jueves, septiembre 10, 2009

Amargura

Todo estaba igual. Nada había cambiado en diez años. Macarena salió de la estación de trenes y se encontró inmersa en la atmósfera de una ciudad tan familiar, con sus inolvidables ruidos y olores, que le provocó un pellizco en el estómago el no sentirla ya suya. ¿Por qué había esperado tanto para volver?

Se dirigió lentamente, pensativa, hacia el taxi con la luz roja que la esperaba frente al ingreso principal de la “Estación del Norte”.

Era una tarde gris de otoño. El viento hacía mover los cabellos y las gotas de lluvia que golpeaban el rostro de Macarena y que sentía como lágrimas amargas, las que no había derramado cuando recibió la breve llamada telefónica que la había conducido hasta aquella ciudad tan lejana, apartada en algún lugar de su mente, tan olvidada.

El número de teléfono y la dirección de la casa a la cual se había mudado César corrían en ríos de tinta azul en el trozo de servilleta de una cafetería del centro. Él se lo había escrito diez años antes, incrédulo, impotente, cuando acudió a la cita con Macarena para saber que ella se iba de la ciudad, que abandonaba todo aquello. Y que no la buscara, que rehiciera su vida. Que la olvidara. Y él insistió en que se llevara consigo el trozo de papel con su nueva dirección, que ya había encontrado una nueva casa, que sería realmente duro vivir sin ella. En esa cafetería se despidieron por última vez sin que ninguno de los dos supiera que sería para siempre.

El taxi llegó a su destino. Aún llovía. Macarena se quedó algunos segundos en el automóvil después de haber pagado la carrera, sus ojos fijos en aquel trozo de servilleta vieja y oscurecida por los años. El tiempo y la lluvia habían borrado algunos números pero… ¿qué importaba ya? Era tarde para hablar con el propietario de aquel número de teléfono. Demasiado tarde. Ya no estaba. César había desaparecido para siempre y ahora se encontraba quién sabe dónde. ¿Existiría un cielo para él? ¿O quizás su alma se había perdido en la nada para siempre?

Macarena bajó del taxi y se encaminó hacia la casa amarilla con ventanas de madera mal barnizada dispuesta al final de la calle, cerca de un cruce. La puerta estaba abierta y decenas de desconocidos llenaban la entrada, la sala, la cocina. Una masa de vestidos negros y rostros serios y algunas lágrimas daban la bienvenida a los que iban llegando. Pilar, la mejor amiga de César se apresuró hacia Macarena y con tono seco y amenazante le censuró:

- ¿Qué haces aquí? ¿No has hecho sufrir bastante a la gente; al pobre César? Desde que lo abandonaste para vivir tu loca aventura de recorrer el mundo, él no volvió a ser el mismo, cada día parecía más triste y enfermo. Intenté animarlo, lo sacaba a pasear, al cine, a cenar, incluso le presenté a una chica muy simpática y atractiva con la cual consiguió salir durante dos años, pero al final la dejó porque no la amaba, porque su mente estaba lejos, en otro país a miles de kilómetros; buscándote. ¿No crees que ya has hecho suficiente daño?-

Macarena no sabía qué decir y respondió con un profundo y amargo “lo siento”. Nunca quiso hacer daño a César pero habría sido una hipócrita seguir estando junto a él si para ella, la historia, hacía tiempo que había terminado.

Con un movimiento de cabeza Pilar indicó a Macarena dónde se encontraba el féretro y tan sólo dijo:

- Su cara está desfigurada por el impacto. Tienes sólo cinco minutos, después desaparece de aquí como lo hiciste hace diez años.-

Se quedó en la casa el tiempo necesario para dar el último adiós a César; sordo y ciego, frío e inerte… muerto. Se acercó a su rostro y permaneció así, inmóvil, con la mirada fija como en el taxi después de haber pagado la carrera. César también parecía viejo y amarillo. En su piel, los hematomas recorrían su rostro y borraban sus facciones del mismo modo que la lluvia cancelaba los trazos de tinta azul transportándola a lo largo de la servilleta de papel de aquella cafetería del centro que los vio decirse adiós por última vez. Pero, ¿ya qué importaba? Era tarde y ella tenía que marcharse.

Las luces de la ciudad se iban haciendo más débiles y lejanas. Observándolas desde la ventanilla del tren, a Macarena la embargó un sentimiento de profunda amargura.

lunes, agosto 31, 2009

El prado sin hierba

Esa mañana en Padua las cucharillas de los cafés sonaban como campanas minúsculas. El tintineo salía a través de los vanos de las puertas eternamente abiertas de un local histórico de la ciudad y se perdía en la soledad matutina de las calles del casco antiguo.

Paseando por un viale, un hombre pedaleaba ajeno a la escena que transcurría en el sillín trasero de su bicicleta. Pero sí que era consciente de que lo que había a sus espaldas era lo más maravilloso del mundo. Quizás por esta razón manejaba su bici con esa prudencia casi enfermiza que sólo un padre podría poner a la hora de proteger a su hijo.

En silencio, unos metros más allá, sonriendo, alguien contemplaba la escena, efímeramente, hasta que una plaza del centro histórico o una catedral de la época bizantina devolvieran al observador a la tranquila mañana de calles adoquinadas y murallas de piedras silenciosas.

Y es que es el silencio lo que caracteriza al norte de Italia. Vías vacías, siglos de historia encerrada en los muros de las ciudades, paredes de piedra sobria, de líquenes y musgo, de humedad, de nieblas, de empedrados en calma.

Atrás quedaron los repiqueteos de los cascos de las bestias y el crujido de la madera de los carros y carruajes. En el pasado se perdieron los gritos de las mujeres vendiendo fruta, verdura y pescado con sus buenos escotes y sus brazos recios. Esto ya sólo se ve en el sur, donde las leyes ambientales todavía no han llegado y se puede conducir por el centro sin necesidad de autorización, gritar sin que te miren por el rabillo del ojo, y llevar buenos escotes teniendo brazos recios y no minifaldas y botas altas en cuerpos esqueléticos. Hoy, en el norte italiano, los estereotipos desaparecen para dar paso a ciudades viejas, sin vida ni identidad.

El observador silencioso entró en una basílica dedicada a un santo anónimo. Se emocionó ante la inmensidad de sus techos y las pinturas del ábside. Era una mañana serena y el sol se dejaba ver de vez en cuando entre las nubes, filtrándose por las vidrieras. El observador se detuvo bajo una de ellas para admirarla. Se oían rumores de iglesia. Desde el coro llegaban profundas y graves notas gregorianas, y el observador pensó que no había nada más maravilloso en el mundo.

Unos pasos acelerados lo devolvieron a la realidad y a los pocos segundos sonrió. Escasos metros más allá, envuelta en un vórtice de música, luz y color, estaba girando una niña. Giraba y giraba riendo, jugando con las nuevas cosas que los niños de esa edad aprenden día a día.

- Mira papá, mira, estoy dentro del arcoíris.

La niña del sillín posterior de la bicicleta giraba envuelta en los rayos del sol que reflejaban en su piel los colores de la vidriera. Aún mantenía entre sus dedos esa brizna de hierba a la que miraba atentamente mientras canturreaba sentada detrás de su papá. En la bicicleta. En el sillín trasero. Sin ser consciente de la prudencia de su padre ni de la mirada del observador.

Sería maravilloso poder ser por tan solo un instante aquella brizna de hierba, ser prendido por esa tierna y delicada mano que puede serlo todo en la vida, que podría firmar documentos decisivos, apretar manos importantes, mecer vidas nuevas o incluso acabar con alguna, pero aún pura y limpia. Sería maravilloso girar entre sus dedos jóvenes, sentir la frescura de una mente que solo se divierte danzando y girando bajo la luz de las vidrieras y que aún no es consciente de la soledad de los mayores o de cómo lloran en silencio las calles de su ciudad.

El observador salió de la basílica sin nombre con lágrimas en los ojos y comenzó a caminar. Desde lo más alto de la calle se alcanzaba a ver una amplia extensión de terreno y se dirigió hacia ella. Era una hermosa isla elíptica circundada por un canal que albergaba dos anillos a cada lado con estatuas de retratos póstumos de personas importantes del lugar. En el centro de la isla algunas personas leían o descansaban tumbados bajo el escaso sol. Pero lo más maravilloso para el observador fue que de la nada surgió la vida en aquella ciudad. Era sábado y había mercado. Decenas de tenderetes exponían su mercancía, verduras de mil colores, frutas de olores dulces e intensos, vestidos, plantas, zapatos y flores; y gente. Personas mayores sobre todo pero también jóvenes y niños. Y ruidos y gritos de chiquillos y risas y conversaciones.

A pocos metros el ciclista, con su bici en una mano y su hija agarrada de la otra, se acercó a una mujer que mecía a un recién nacido en su regazo. La besó y sonrió y cogió al retoño en brazos. La pequeña había desaparecido de la vista del observador pero en ese momento algo hizo que éste volviera a la agitada mañana de mullida superficie y ajetreados tenderetes. Era la chiquilla, que tirándole de la pierna del pantalón le dijo:

- No llores que no es verdad que aquí no hay hierba.

Y con un gracioso movimiento de su mano le acercó la brizna que la había acompañado durante toda la mañana y se la ofreció al observador que, con lágrimas en los ojos, pensó que no había nada más maravilloso en el mundo.

domingo, noviembre 23, 2008

Aforismos

Acqua, farina, sale, tutta la pasta è uguale.

Agua, harina, sal, toda la pasta es igual.

viernes, octubre 17, 2008

Sectarios y sectas

Tengo un sueño que se repite desde hace varias noches. Entro en una especie de templo. Cuando mis ojos se acostumbran a la falta de luz me doy cuenta de que estoy completamente sola. Comienzo a caminar muy despacio y cada uno de mis pasos resuena gravemente entre las bóvedas del edificio. Es un lugar frío, tenebroso y oscuro, cubierto de imágenes de sufrimiento y dolor. La oscuridad se mezcla a trazos con la luz de unas velas colocadas en torno a algunas imágenes siniestras, o a los lados de algo parecido a un altar. Llego hasta el final del templo y el penetrante olor a resina quemada y la visión de aquellas imágenes dolorosas hacen que me dé vueltas la cabeza.

De repente oigo unos cánticos y el sonido de pasos que se aproximan. Una masa ingente de adeptos a la secta camina como borregos siguiendo al único cimarrón. Me escondo en un rincón detrás de una imagen sangrienta. Los fieles responden al líder mecánicamente, son frases repetitivas, casi inteligibles, con una cadencia monótona y continua que da pavor. Se levantan, se sientan, se arrodillan y postran ante su ídolo. Más cánticos y más ecolalias colectivas y, en medio de éstas, el representante de la secta osa tratarlos como borregos, los llama su rebaño y se autodenomina pastor de semejante manada.

A medida que avanza la ceremonia me voy estremeciendo aún más. A un cierto punto unos pocos adeptos se alejan hacia un baúl donde en su interior se encuentra el cuerpo inerte de un inocente. Lo llevan hasta el altar y lo hacen pedacitos pequeños que son repartidos entre los presentes, los cuales los engullen parsimoniosamente acompañándolos de sorbos de su sangre depositada en un cáliz de plata. Ante este acto caníbal comienzo a temer por mi propia integridad y me introduzco aún más en mi escondrijo.

De repente se hace un vacío en mi sueño y poco después me encuentro en una sala. Ahora soy invisible, o quizás paso inadvertida entre la gente porque nadie parece prestarme atención, es como si fuera uno más de ellos. Me encuentro sentada ante una gran mesa y rodeada de niños. Se me eriza la piel cuando advierto que un adulto pretende inculcar la doctrina también a los críos. Da miedo el modo en el que instruyen a los más jóvenes con cancioncitas, juegos y actividades lúdicas y de convivencia con el único objetivo de difundir la ideología de la secta. Captan adeptos de todas las edades, pero sobre todo se dirigen a los sujetos más débiles prometiéndoles la salvación a cambio de obediencia, respeto y dinero. Sobre todo dinero.

Vuelve a hacerse un vacío en mi sueño y vuelvo a encontrarme en el templo. Allí sólo veo hombres, vestidos con trajes caros y rodeados de una atmósfera de opulencia y poder. Sólo unos pocos privilegiados al mando del resto de fieles, con trajes y aires más modestos, que pretenden alcanzar a su vez un nivel de poder aún mayor. Y por último los súbditos, aquellos a los que se les lava el cerebro. En este grupo también entran a formar parte las mujeres, a las que obligan a llevar unos atuendos que las cubren por completo y que ocupan un lugar ínfimo en la pirámide. Al parecer sólo son útiles por su mano de obra, para la limpieza de las dependencias, la preparación de comidas, la costura de los trajes de los representantes y el cuidado de los enfermos. No pueden aspirar a más, es imposible en ese mundo de hombres. El resto del tiempo lo dedican a rezos mecánicos ante las imágenes dolorosas y oscuras del templo.

De pronto el cimarrón del rebaño, el pastor de borregos que estaba ocupado en colocarse adecuadamente su traje de ceremonias, se queda quieto súbitamente, gira su cabeza hacia donde yo me encontraba escondida y me dedica una mirada pétrea. Comienza a acercarse con pasos lentos y firmes y, sin dejar de sostenerme la mirada con sus ojos de piedra, levanta los brazos y se vuelvo todo blanco debido a una luz cegadora.

A continuación oigo a mi madre que grita colmada de júbilo:
-¡Cariño despierta, hoy es el día de tu Primera Comunión!

martes, octubre 14, 2008

Amarezza

Tutto come prima. Niente era cambiato in dieci anni. Macarena, uscendo dalla stazione, si ritrovò immersa nei rumori, negli odori, nell’atmosfera della “sua” città. Perché aveva aspettato tanto per tornare? Si incamminò lentamente, pensierosa, verso il taxi con la luce rossa che la aspettava vicino alle scale dell’ingresso della “Estación Central”. Il numero di cellulare e l’indirizzo della casa di César scorrevano in fiumi d’inchiostro blu nel pezzo di fazzoletto di carta in cui glielo aveva scritto dieci anni prima, quando si salutarono per sempre senza saperlo.

Il taxi arrivò a destinazione. Pioveva ancora e Macarena rimase alcuni secondi in macchina dopo aver pagato la corsa, gli occhi fissi in quel pezzo di fazzoletto vecchio e giallastro per il passare del tempo. Non si vedevano alcuni numeri ma cosa importava ormai. Era tardi per parlare con il proprietario di quel numero di cellulare. Era tardi... non c’era più... César era sparito per sempre e adesso si trovava chissà dove. Esisteva un cielo per lui? O magari la sua anima si era persa nel nulla per sempre?

Macarena scese dal taxi e si indirizzò verso la casa gialla con mattoni a vista all’angolo della strada. La porta era aperta e decine di conosciuti e sconosciuti riempivano l’ingresso, il soggiorno, la cucina. Una marea di vestiti neri e volti seri e alcune lacrime davano il benvenuto a quelli che arrivavano.

Pilar, la migliore amica di César si avvicinò a Macarena e con tono secco e distante le fece sapere che César, da quando era stato mollato da lei, non si era mai ripreso e ogni giorno sembrava più triste e malato. Lei aveva cercato di tirarlo su, addirittura gli aveva fatto conoscere una ragazza molto carina e simpatica con cui era riuscito ad uscire per due anni, ma che alla fine aveva lasciato perchè non l’amava, perchè i suoi pensieri erano lontani, in un altro paese a migliaia di chilometri.

Macarena non sapeva cosa dire e rispose solamente con un profondo e amaro “lo siento”, mi dispiace. Non era sua intenzione fare del male a César ma sarebbe stato ipocrita rimanere insieme a lui se per lei, la storia, ormai era finita.

Rimase in quella casa solo il tempo sufficiente per dare l’estremo saluto a César, ormai sordo e cieco, freddo e inerte... morto. Si avvicinò al suo feretro e rimase cosi, ferma, gli occhi fissi come nel taxi. Anche César sembrava vecchio e giallo come il fazzoletto di carta con il suo numero, ma cosa importava ormai. Era tardi e lei doveva partire.

Le luci della città si facevano più fioche e lontane e Macarena, osservandole dal treno in corsa, provò un senso di profonda amarezza.

jueves, agosto 28, 2008

¿Acaso no sufre una rosa?

Se llamaba Perséfone y tenía la belleza de un amanecer. Su apariencia era como la de una de esas diosas griegas que adornan con su sensualidad las entradas palaciegas de las villas antiguas. Los cabellos se mecían entre las ondas de su cuerpo, como rizos de trigo que navegan con el viento. Espigas de carbón azabache a merced de unos deliciosos movimientos, dueños de danzas sensuales y anónimos cortejos. Sus ojos eran insondables y reflejaban un mundo interior casi insoportable, ojos que hablaban de silencios, ojos que pedían a gritos ser entendidos.

La casaron muy joven, apenas había dejado de jugar a muñecas. Pensaba que todo sería como en sus juegos inocentes, donde el príncipe valiente se casa con la chiquilla humilde y la transforma en su reina.

Pero era demasiado joven y sus sueños demasiado puros. Su marido resultó ser un hombre tosco, amante de lo carnal, lascivo y vulgar que no compartía con ella más que el lecho y la mesa. Una mente atrofiada, estancada en una época pasada y sin ganas de progresar. Sólo entendía de cuentas, negocios, prostitutas y dinero.

Le acompañaba una prole de clones, todos varones, que seguían los pasos de su progenitor. Alevines autoritarios, exigentes y egoístas que usaban a la que les dio la vida como sierva obediente de cada uno de sus caprichos.

Perséfone se sentía desdichada, aunque no le faltaba nada. Tenía unos hijos, un hogar y un marido que traía dinero abundante a casa todas las semanas. “¿Qué más querrá esta descarada?”

Desear. Ella deseaba cosas que nunca había tenido y que nunca jamás tendría. Recluida en aquellos muros inexpugnables de su cárcel hogareña pasaba los días, los meses, los años y se iba marchitando mientras soñaba. Veía rotar el tiempo en su reloj biológico e, impotente, en aquella prisión secular donde lo epicúreo bullía en silencio y se veía eclipsado por la obligación marital, el tiempo pasaba y el deseo se acrecentaba aun más.

Imaginaba paseos por el bosque aferrada a una mano comprensiva, conversando con una mente abierta y libre de valores represivos.

Imaginaba cenas a la luz de la luna, esa misma que le iluminaba el rostro las noches que pasaba en vela haciendo cuentas de con cuál de sus amantes estaría su marido esa noche.

Estaba sumida en estos pensamientos cuando cerca de allí, en el tenderete de las flores, una voz dulce y grave la despertó de su letargo reflexivo.

-¿Cuánto es?
-6,50. Gracias.

- ¿Sabe que no hay dinero que compre belleza tan exquisita? Permítame el placer de regalar una rosa a la flor más bella de este jardín.

Perséfone giró la cabeza. El hombre maduro, canoso y un poco encorvado por la edad que le acababa de ofrecer una flor, mantenía ahora un monólogo filosófico con Puri, la verdulera. La misma cuyos alaridos, dos minutos antes, llenaban el mercado desgañitando ofertas increíbles acerca de la frescura de sus lechugas un tanto lacias.

“Muchas gracias señor Hermes. Le espero mañana con las granadas que le he prometido, las mejores de mi huerta, solo para usted, siempre que me las describa como me ha descrito hoy las remolachas.”

Aquel día Perséfone no quería fruta, ¿o si? Se encontraba frente a aquel corrillo de curiosas que acosaba a la verdulera con millones de preguntas. ¿Quién es ese? ¿Es nuevo en el pueblo? ¿Cómo sabes su nombre?

Desistió, ese día no habría fruta de postre. No le apetecía entrar a formar parte de ese patio de vecinas cotillas que se interesaban por un hombre ajeno a sus familias, ¿o sí?

Abandonó el mercado, llegó a casa, colocó la cacerola en el fuego, cortó las verduras y puso la mesa. Al rato llamó a su familia a comer. Más tarde, mientras lavaba los platos pensó: “Mañana tendremos granadas de postre.”